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TRAZOS/TRAZAS

A propósito de la pintura de Diego Donner

La pintura, es sabido, supone el plano. Un único plano que el artista invade con sus colores, sus texturas, dibujos, matices y pinceladas. No aspira al volumen ni a una tercera dimensión. Supone, además, la abolición del tiempo. Proclama la presencia instantánea. Permite y reclama el golpe de vista. La plenitud del ojo, la integridad de la mirada y el esplendor cromático de la luz son su modo y su reino.

Cuando evade los límites, mayores o menores, murales o miniaturescos, la pintura realiza un gesto, se vuelve transgresora y pasa a otra categoría. Encorsetada en las barreras del marco o de las maderas que arman la tela, encerrada en el perímetro del cartón o de la madera, el cuadro, la pintura, la obra no puede abandonar su espacio, su ámbito natural, el plano.

La pintura de Diego Donner no habita un único plano. O si lo habita lo hace de una manera paradojal . No se trata de la solución mágica de la perspectiva, mucho menos de la trampa que al ojo tienden o han tendido los trompe l’oeil, los simulacros y el hiperrealismo. Los cuadros de Diego Donner son palimpsestos. Palimpsestos, eso es lo que son y por serlo inducen una dimensión mas al plano: la dimensión temporal. Palimpsestos que por serlo suponen la construcción de múltiples cuadros en el plano del cuadro. Documentos del tiempo, planos temporales, palimpsestos o graffitis pues inscripción, dibujo y pintura se superponen en Donner como capas que el transcurso temporal va dejando sobre el plano.

En la obra de este artista un puede ver/leer varios discursos, múltiples registros, varias inscripciones superpuestas. Superposición que, sin embargo, no implica el caos. En Donner las imágenes dialogan entre si como si hubieran sido rescatadas de una caja diversa, como si el artista las hubiera reunido casualmente, como si se tratara de un discurso caótico. Pero no.

No hay casualidad en Donner como no hay caos ni confusión. En sus cuadros , la diversidad no es fruto del azar. La estética que domina y organiza las imágenes nada tiene que ver con el encuentro fortuito de una maquina de coser y el paraguas sobre una mesa de disección, nada tiene que ver con el azar de Lautreamont.

La multiplicidad de elementos y referencias, de alusiones y representaciones no significa tampoco una apuesta al barroco. La distinta convivencia, la varia presencia, la numerosa presentación de imágenes construyen una mirada, un pararase frente al mundo contemporáneo y frente a la historia, una organización de lo múltiple y lo diverso.

Al mismo tiempo, ese pararse frente al mundo, esa organización de lo diverso propone una mirada que registra e inscribe como si se tratara de una acumulación de huellas, como si se tratara de recoger las capas múltiples del sentido o de los sentidos que la vida contemporánea ha ido construyendo. Huellas, inscripciones, pintura, escritura.

Escritura? No necesariamente. Trazos, mas bien. Figuras, signos fragmentados, palabras sueltas, huellas de discursos, trazas. Trazos que dan cuenta de trazas. Trazas que habitan el espacio pictórico.

Uno puede ver/leer un mundo personal. Puede vislumbrar los signos de un mundo personal. Puede también entrever signos colectivos, figuras que remiten a mundos conocidos, imágenes reconocibles. O no. Uno puede ver/leer un mundo fragmentado. Puede vislumbrar los signos quebrados de un mundo personal que son además las huellas de un mundo compartido.

Uno puede ver/leer huellas constructivistas o torresgarcianas, uno puede reconocer símbolos budistas o precolombinos, uno incluso puede suponer la presencia de homenajes diversos, escrituras o signos infantiles, rayuelas, escaleras, esbozo de signos.
Uno puede hasta creer que de lo que se trata es de la evocación de un paisaje urbano. Como si Donner hubiera deseado recuperar para el espacio de la pintura esos “ready made” que a veces pueden o podrían llegar a ser las paredes graffiteadas de nuestra ciudad.

Uno puede ver/leer en esos trazos las trazas de otros mundos. Ya no el mundo concreto de una pared, ya no el mundo de la pintura o el de la historia personal sino el mundo oculto. El lado oscuro o marrón de todo individuo. No me refiero al mundo místico cercano o lejano sino al mundo escondido. A un universo ocultado tras tanto trazo, a una suerte de núcleo significativo velado por tanto trazo, por tanta inscripción, por tanto grafismo.

Ese otro mundo, del que apenas nos llegan las trazas, es un mundo imaginado por la ingenuidad herida. Un mundo que sueña con el equilibrio y la armonía. Un mundo donde la nostalgia del orden, un orden absoluto o una paz total, guía la mano de quien pinta. Nostalgia de un Absoluto, de una causa primordial, de una razón de ser de las cosas o lo que es lo mismo de algo que permita dar, instaurar, establecer el reino de lo armónico.

Pero acaso ¿ no es eso lo que buscan muchos artistas? ¿No es acaso lo que muchos suponen que busca el Arte? El Arte como ideal, como restaurador del caos cotidiano, como reparador de la agresión constante. El Arte, o en este caso la pintura , como salvaguarda. El trazo y la traza como respuesta frente a la angustia. El trazo y la traza como propuesta no solo estética sino vital. El trazo y la traza como forma de vida y no solo como forma, como puro recurso plástico.

Todo esto puede ser también mera especulación. Mera ilusión sugerida por la multiplicidad de planos de los palimpsestos que son los cuadros de Donner. El plano, ese plano paradójico en que se realiza la obra de Donner, no es sin embargo especulación. Esta allí frente a nosotros invitándonos a imaginar, a disfrutar, a soñar . Pero uno puede soñar no solo porque su pintura propone el sueño sino porque su arte posibilita que soñemos.
No porque se trate de representaciones sino porque la invitación de sus trazas tiene el encanto de su arte.

Hugo Achugar
Montevideo, 1999


Traces/Strokes
(On Diego Donner’s paintings)

Painting, is well known, supposes a plane. A single plane which the artist invades with his colors, his textures, drawings, shades and strokes. It does not aspire to volume or a third dimension. It supposes, additionally, the abolition of time. It proclaims instant presence. It permits and demands the glance. The plenitude of the eye, the integrity of the look and the chromatic splendor of light are its manner and domain. When it evades limits, greater or lesser, mural or miniaturesque, painting then makes a gesture, it becomes transgressing, it crosses categories and it enters the visual arts.
Corseted within the barriers of the frame or the wood that tightens the canvas, enclosed within the perimeter of cardboard or wood, the picture, the painting, the work cannot escape its space, its natural habitat, which is the plane.

Diego Donner’s painting does not reside in a single plane. Or if it does, it does it in a paradoxical way. It is not the magical solution of perspective, much less the trap that the trompe l’oeil, simulations and hyperrealism set for the eye. Diego Donner’s paintings are palimpsests. Palimpsests, that is what they are and by being so, they introduce one more dimension to the plane: the temporal dimension. Palimpsests that, by nature, require the construction of multiple paintings on the plane of the painting. Time documents, temporal planes, palimpsests or grafittis because inscription, drawing and painting are superposed in Donner as layers that the passage of time has left on the plane.

In this artist’s work, you can see/read various discourses, multiple
registers, several superposed inscriptions. This is a superposition that does not involve chaos, though. In Donner, images dialog between them as if they had been rescued from a mixed box, as if the artist had collected them casually, as if it were a chaotic discourse. But it isn’t.

There are no haphazard happenings in Donner as there is no chaos or confusion. In his paintings, diversity is not the result of chance. The aesthetics that dominates and organizes images has nothing in common with the fortuitous meeting of a sewing machine and an umbrella on a dissection table, nothing in common with Lautréamont’s chance.

The multiplicity of elements and references, of allusions and representations does not mean a bet on the baroque either. The distinct coexistence, the varied presence, the numerous presentation of images build a look, a standpoint in the face of the contemporary world, and in the face of history, an organization of the multiple and the diverse.

At the same time, that standing facing the world, that organization of the diverse proposes a look that registers and inscribes something like a superposition of traces, as if it were a matter of collecting the multiple layers of sense or of the senses that contemporary life has been building.

Traces, inscriptions, painting, writing.
¿Writing? Not necessarily. They are strokes, rather. Figures, fragmented signs, loose words, traces of discourses, signals, strokes that represent traces. Traces that inhabit the pictorial space.

One can see/read a personal world. One can glimpse the signs of a personal world. One can also half see collective signs, figures that refer to known worlds, recognizable images. Or maybe not. One can see/read a fragmented world. One can glimpse the broken signs of a personal world that are also the traces of a shared world.

One can see/read constructivist or torresgarcian traces, one can recognize Buddhist or pre-Columbian symbols, one can even assume the presence of diverse homages, children’s writing or signs, hopscotch squares, ladders, half-signs.

One can even believe that it is all about the evocation of urban landscape. As if Donner had wanted to recover for the space of painting those “ready made” that at times can be or could get to be the graffitied walls of our city.

One can see/read in those strokes the traces of other worlds. It’s not the concrete world of a wall any more, not the world of painting or the personal story, but the hidden world: the dark or brown side of every individual. I am not referring to the near or far mystical world but to the hidden world, to a universe concealed hidden behind so many strokes, a sort of significant core veiled by so many lines.

But is that not what many artists seek? Isn’t that what many suppose Art searches? Art as an ideal, as a restorer of the daily chaos, as a healer of constant aggression. Art, or in this case painting, as a safeguard. The stroke, then, as an exercise in evocation. The stroke, then, as a spell; the stroke and the trace as an answer to anxiety. The stroke and the trace not just as a proposal of the aesthetic but as a proposal of life. The stroke and the trace as a way of life and not just as a form, as a mere plastic resource.

All of this can also be mere speculation. Just an illusion suggested by the multiple planes of the palimpsests that are Donner’s paintings.
The plane, that paradoxical plane in which Donner’s work is realized, is not speculation, though. It is in front of us and it invites us to imagine, to enjoy, to dream.

Traces and strokes, Diego Donner’s paintings allow us to dream. But one can dream not just because his painting proposes the dreaming but because his art enables us to dream. Not just because they are representations, but because the invitation in his traces holds the charm of his art.

Hugo Achugar
Montevideo, agosto de 1999

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